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Warcraft se estrena hoy en cines

Warcraft: el primer encuentro de dos mundos” (2016), tercer largometraje del sensible e inventivo Duncan Jones, escrito por él mismo y Charles Leavitt, se basa en el juego para video que originalmente diseñara y produjera Chris Metzen. Respeta de principio las reglas del mismo: dos mundos coinciden en cuanto un portal se abre y los conecta. Son dos ejércitos que para poder sobrevivir deben unirse y enfrentar un enemigo común.

En principio parece una mezcla delirante de las escenas sobrantes y de todo aquello que tiraron a la basura en “El señor de los anillos”, “Mortal Kombat” y “Calabozos y dragones”. O sea, es un filme de fantasía que funciona con la lógica de cualquier juego de video. Tiene, pues, esa seudodramaturgia que consiste en crear una carrera de obstáculos para interminables enfrentamientos. La conclusión del relato es la apoteosis idéntica al último nivel del juego, aquí edulcorado, claro está, con subtrama de atracciones entre el héroe de rasgos humanos Anduin (Travis Fimmel) y la heroína orco Garona (Paula Patton).

El tema no da para mucho una vez planteado. Permite, eso sí, disfrutar el sofisticado diseño de producción de Gavin Bocquet que la fotografía de Simon Duggan capta con precisión. Lo visual en principio parece ser más que suficiente para pasar por alto la falta de consistencia de una historia que, aunque fluye a lo largo de dos horas con cierto grado de entretenimiento, es tanto artificial como superficial.

Como en todos los juegos de video llevados al cine —desafortunadamente este filme no es la excepción—, las limitaciones surgen de inmediato ante la ausencia de sustancia narrativa. Es, otra vez, un vértigo de acciones violentas y espectaculares que vuelve a éste un cine utilitario, meramente funcional, donde los orcos son humanos disfrazados y los humanos actúan como estereotipos de todos los films previos sobre reyes y guerreros.

El acartonamiento no impide, sin embargo, que Jones erija un gran pastel cinemático que edita con cierta gracia el veterano Paul Hirsch. Lo que le faltó fue darle un poco de humor a esta película-juego de video demasiado solemne. Visualmente impacta, dramáticamente es un desierto emocional.

“El maestro del dinero” (2016) es el cuarto largometraje para cine de la siempre inclasificable Jodie Foster desde que debutó en la dirección hace 25 años. Inmersión en el ya vilipendiado mundillo corrupto de Wall Street, asume el punto de vista del vengador no tan anónimo Kyle (Jack O’Connell), quien secuestra en vivo al periodista económico Lee (George Clooney) y obliga a que su productora Patty (Julia Roberts) continúe la transmisión. Filme tenso de traslúcidas imágenes a cargo del brillante Matthew Libatique, es un asfixiante thriller sobre el uso de los medios en un mundo que va del desconcierto a la mentira, pero sin mayor profundidad que la traicionera tensión generada entre personajes antitéticos. Nunca profundiza en lo esencial: cómo funciona la salvaje codicia actual, ese desierto que acaba con vida y patrimonio.

“Un holograma para el rey” (2016), filme 12 para cine de Tom Tykwer, escrito por él basándose en la novela homónima de Dave Eggers, es una fábula contemporánea sobre el choque de civilizaciones y de mentalidades entre lo virtual y lo real, a medio camino entre la desolación emocional y la pérdida de identidad que sólo puede recuperarse en pleno desierto con esa última libertad esencial: el amor que toca a los extremos hasta transformarlos. Original cinta que rompe esquemas, es una exploración del alma humana antes que de ese omnipresente desierto como imagen del futuro inminente.

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