TELEVALL - EL PORTAL DE INTERNET DONDE PUEDES SEGUIR TU CANAL PREFERIDO

El Buki, michoacano que suena en el corazón

Marco Antonio Solís, vive ese muy luminoso esplendor que la fama, el reconocimiento y el aprecio a su trabajo artístico le ha dado el enorme público que lo sigue. Y con la justicia que reciben aquellos que trabajaron “desde abajo” y tuvieron alguna vez las esperanzas –como las del pueblo entero–, de ser “alguien”, el cantante y compositor michoacano, está agradecido con el destino y con lo que hubo sembrado desde hace ya muchos años con su lírica personal.

Una historia de éxito conocida como muchas que nos hacen admirar su figura y volverla un ídolo de culto. “Una historia conocida”, la llamaría Serrat, como la de muchos hombres que lograron sobreponerse a las adversidades, a los óbices de todo tipo que fueron cruzándose en su camino. Personas como cualquiera, pero que llevan un don que muchos que lo llevan, no logran encontrarlo y desarrollarlo. Marco Antonio lo encontró y fue con él hasta las últimas consecuencias, sin flaquear, ni abandonarlo por nada del mundo. Era la pasión por cantar, la pasión por cantarle a los otros la que lo vino acompañando desde entonces hasta hoy día. A esa especie de hombres pertenece Marco Antonio Solís, a los que emprendieron una lucha contra los monstruos de las disqueras, televisoras y contra empresarios del espectáculo, y vencieron. Marco Antonio ha sido un hombre persistente y a su manera, tenaz. Pero sobre todo, un hombre de talento y de una diestra habilidad musical que a los cuarenta años de trabajo, podemos decir, está entre los mejores en su especie.

En nuestro encuentro en un hotel de Polanco en la ciudad de México, con un saludo efusivo, nos sentamos ante las cámaras de La Voz TV para hablar “de la vida”.

Amable y con un fino traje negro, la característica cabellera atada, su barba perfectamente delineada y sin dejar de sonreír, continuábamos una conversación que algunos años antes se interrumpiera entre nosotros. Muchos años de no encontrarnos, muchos años de no coincidir y bajo la vieja brisa de la amistad sucederían las palabras que me mostraron su retrato humano, su retrato personal.

En el Colegio Hidalgo, de Ario de Rosales

Eligio la música por vocación; se expresaba y conectaba con quien tenía enfrente. Fue en cuarto año de primaria, tal vez quinto año –recuerda–, cuando la maestra y sus compañeros de salón, se quedaron callados mientras él cantaba. Era su primer público, pero también el gran descubrimiento de que su voz, tenía algo más que trasmitirle a los demás. La voz afinada de aquel niño que Marco Antonio fue en el colegio “Hidalgo” de Ario de Rosales, había cautivado a propios y extraños. Me cuenta que eran canciones que venían de la radio; canciones que todos escuchaban. Marco Antonio todavía no descubría esa otra facultad musical que es la de componer, pero la satisfacción de cantar, fue grande, pues desde entonces supo que lograba una comunión entre su voz y quienes lo escuchaban.

–Ahí descubro que eso es lo que me gustaba hacer –dice–, ahí descubro mi vocación, mi oficio, mi misión en este mundo.

Marco Antonio recuerda con precisión, lo que experimentaba después de interpretar una canción ante sus compañeros y la maestra, allá en la lejanía de sus diez años. Desde entonces tuvo esa sensación y ese placer que dan los segundos de silencio que suceden entre el que canta y los que escuchan en el instante de terminar de cantar, esos segundos de silencio antes del aplauso. Allí sentía él un bienestar, no sólo en el alma, sino un bienestar también en el cuerpo, un bienestar humano, una hermosa satisfacción. Y le gustaba vivir esas reacciones, tanto de la gente, como de sí mismo.

–Algo así como cuando terminas de comer –dice–, una satisfacción, algo bello…

Desde entonces y ante ese descubrimiento, Marco Antonio estuvo ya dispuesto a seguir cantando, a sumergirse en aquello que se volvería una de sus mayores pasiones: la música. Aquel descubrimiento con todos los nuevos misterios que el canto le trajo a su niñez, se volvería una proeza en su vida futura. Había encontrado el misterioso alimento que solo nutre a quien entrega su vida a cantar, a decirle a los demás –a través del canto– lo que en su corazón sucede. Era la condición del testigo que ha sido condenado a decirnos lo que vio en las profundidades humanas, en los sentimientos cuando arden en las llamas simples de la vida dura, la vida alegre, la vida triste, la vida misma donde la pasión también nos captura y nos mantiene cautivos y seguimos en ella, entregados a buscar la felicidad, la dicha, la vida sosegada.

Marco Antonio había sido destinado y elegido a jugarse la vida, con la guitarra en sus brazos y la música en su corazón.

Su padre, el olor a la madera de la guitarra

 La música le vino de sangre, término profundo y fuerte, como fuerte fue el efecto de la música en la vida de este hombre que fue obediente ante tan bella y difícil disciplina. También la música le llegó como destino y se consolidó con la presencia de la figura fundamental que Marco Antonio vio en su padre, la guitarra en manos de su padre y el hecho de verlo tocar y cantar. Por eso es claro que Marco Antonio desde pequeño, tuvo una fértil cercanía con tan grávido instrumento.

Yo que conocí a su padre, recuerdo la seriedad, la gran estatura y sus ojos azules, profundos, de mirada poderosa. Su madre era risueña y cariñosa con los amigos de sus hijos. Y Marco Antonio recuerda que no sólo su padre tenía oído afinado para cantar, sino también su madre.

–Ese es un regalo, una bendición –me dice con suma alegría.

Y a mi expresa pregunta, al momento en que recordamos a su padre (e inevitablemente yo recuerdo al mío, quien tocaba el violín y, a dueto, cantaban con mi madre), le pregunto“Qué te dio tu padre en la vida?”, y no puedo evitar pensar ¿qué me dio a mí el mío?, pero callo. Y Marco Antonio con una seriedad memoriosa responde:

–El gusto por la música, porque él cantaba, él tenía su guitarra también –relata con una sutil y lenta emoción–, él tenía sus ratos de bohemia; se iba con los amigos en el pueblo, y dejaba la guitarra por ahí en la cama o en algún sillón y yo iba y olía la guitarra, con ese instrumento siempre tuve una comunión muy estrecha, con la madera, con el olor a la madera… él cantaba y yo le escuchaba…

Marco Antonio heredó la afinación de oído por parte de padre y madre, cosa que le honra recordarlo y agradece haber sido depositario de tan espléndida herencia. Su padre, además, intentó en algún momento de su vida, hacer una carrera en la música, que dejó de lado por razones que Marco Antonio no menciona; pero su padre estuvo contento de haber visto en él, mucho de aquello que hubiera querido ser. Sin duda, ver al hijo cumpliendo su misión en la música, la alegría del padre fue mayor.

Un sitio digno en la tradición musical mexicana

La navegación en el mundo ordinario de la música es mucho muy complicado y difícil cuando se quiere alcanzar el éxito. En un principio –como en cualquier disciplina artística–Marco Antonio reconoce las múltiples influencias de las que en su trabajo como compositor y cantante se fue nutriendo y la experiencia hasta lograr un sello propio y único. Yo le pregunto cuándo fue que llegó a ser él mismo con su estilo propio, cuándo fue que logró ser él, con un personal sello impreso en las canciones suyas y en su propia voz. Y él cree que sucedió en el álbum en el que incluye la canción “Necesito una compañera”. Allí cree que surgió el sello que con el tiempo transmigraría desde “Los Bukis” hasta la actualidad de Marco Antonio Solís como solista, sin que la exploración y búsqueda de nuevos rumbos, se haya dejado de lado. Al respecto, sus canciones también adquieren ese estilo que viene de una añeja tradición de la música mexicana; en esa tradición musical muy nuestra, podemos mencionar a Agustín Lara, Guti Cárdenas, Chucho Monje, José Alfredo Jiménez, José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, Armando Manzanero, Juan Gabriel, entre otros muchos, indudablemente el nombre de Marco Antonio Solís, encontró un sitio digno que ha llegado a la historia de la música del pueblo mexicano y sin duda, el estilo único –hoy inconfundible–, escuchado en muchas latitudes del mundo del compositor y cantante michoacano, ha cautivado mayorías. Es de subrayar, que fue Marco Antonio Solís, sin guías, ni productores, ni directores artísticos, quien forjara ese estilo que cabe decir, germinara en los años setenta con su primo Joel, quien le enseñó los primeros acordes –“con una guitarra y un capotrasto”– y con quien formaran por vez primera el dueto “Los Bukis” y grabaran un álbum en el que se recoge la canción “Jugando con las estrellas”, semilla de esta leyenda que hoy es Marco Antonio Solís.

“Las canciones Primero pasan por aquí”

Sus canciones tristes, escritas desde el dolor, la soledad, el descubrimiento o la pérdida del amor, están presentes y tocan el fondo de aquellos que en una emoción arrebatadora, se exaltan y lloran, se alegran, o apuran un trago para aliviarse la vida. Esas sentimentalísimas canciones que sin duda, también han raspado el corazón de Marco Antonio, viven en el imaginario colectivo y cumplen con la tarea de traer la tonada y las palabras que suelen decir esa verdad que duele y revela la luz del dolor.

–Lo mío es llevar más de reflexión y desahogo –dice Marco Antonio al respecto–, y las canciones sirven para destapar eso que se queda allí. Los conciertos en vivo generan esa energía única, porque toda la gente está participando de esa comunión…

Reconoce que las canciones –como debe ser– primero lo tocan a él.

–Las canciones pasan por aquí –me recalca tocándose el pecho–y te recorren… y eso es maravilloso, porque eso es vibrar con algo, con un par de frases y no sabes el porqué…

Cuenta una anécdota de un hombre peruano que atendía a Marco en un restaurante y de pronto le dijo: “Señor, mis respetos para usted, yo me casé con su música” y Marco Antonio le agradeció, aquel hombre se fue. Poco después volvió a traer algo más a la mesa y le dijo: “También me divorcié con su música, debo decirle”. Y aquello no fue todo, porque el hombre volvió por tercera vez y le espetó: “Pero con su música me volví a casar”. Y reímos al escuchar aquella pequeña historia que ilustra de manera seria, los efectos y la poderosa energía de las canciones de Marco Antonio.

–En la tristeza se esconde la paz y la alegría –dice seriamente Marco Antonio mientras hablábamos de sus canciones tristes.

Luego recitó uno de los versos de una canción que no ha grabado, y sobre eso hablamos, resumiéndome lo que para él significa componer.–Yo soy un compositor de inspiración– pronuncia con la seguridad que podía verse a toda luz en su rostro.

–La música es consuelo, abrigo, compañera, confidente de nuestros sentimientos –dijo con suavidad.

Y yo le creo, porque Marco Antonio, ha sido fiel al canto y fiel al destino que le dio un fuego distinto por la vida, una lumbre en el alma que le hizo componer canciones que arden en el corazón de muchos, de muchos de verdad que no dejan de escuchar su fuego.

–Que no sea la última vez –me dijo mientras estrechamos las manos–, los amigos hay que vernos más, porque hay muchas cosas de que hablar…Y nos despedimos con Marco Antonio Solís, aquella noche de junio en la ciudad de México.

Both comments and pings are currently closed.

Comments are closed.